Prevención de Riesgos: Cuando el alcohol mezcla el tocino con la velocidad bajo el humo del tabaco y otros paradigmas.

Vida sana y depeorte

Sin Palabras

Soy abstemio, no 100% abstemio pero si lo suficientemente abstemio como para no participar de esa costumbre tan nuestra de consumir alcohol a la menor excusa, incluso sin necesidad de una excusa.
Aparentemente no debería de tener suficiente material para escribir este artículo, especialmente cuando no voy a tratar el tema del alcohol en el trabajo como factor de riesgo, pero les garantizo que da para mucho más de lo que voy a exponer aquí.

También estoy gordo, para que nos vamos a engañar, porque aunque no soy ni de lejos un obeso mórbido americano devora hamburguesas, mi médico y mis rodillas me anuncian constantemente que pierda cuanto antes unos cuantos kilos ahora que estoy a tiempo.

Por último, desde que soy padre he reducido considerablemente mi velocidad media al volante, llegando a pensar que lo de los 110 km/h es la mejor idea en seguridad vial que se ha tomado en los últimos años y para finalizar,  desde el 20 de enero de 2011 no he fumado ni un cigarrillo de chocolate.

Pues bien, a pesar de que mi abstinencia alcohólica es de uso público, que mi sobrepeso es evidente, que hago publicidad explícita de que he conseguido dejar de fumar y que es conocida mi aversión a los que se pasan las normas de tráfico por el arco del triunfo, he llegado a pensar que el resto del mundo ha decidido ignorarlo, o al menos a nadie parece importarle un comino.

El Alcohol.

No se lo pierdan, aunque soy el colega de copas perfecto (no bebo entonces conduzco) no hay semana en la que me no vea abochornado por tener que explicarle a alguien que no es que rechace su invitación, sino que simplemente no bebo alcohol y no tengo intención de incrementar quirúrgicamente la capacidad de mi vejiga, para de esa forma complacerlos y tragarme un par de litros de agua mineral.
En todo caso por más que lo explico siempre habrá quién insista en que se trata de una copa de nada y que con mesura hasta lo recomiendan los médicos, que vale, que sí, pero ¿Un Jack Daniels?. Imagínense que tuviese una cirrosis galopante ¿Hay que contarlo para que te dejen en paz?

El tocino

Me encanta comer, especialmente aquello que sé que no me sienta bién, por ello para mí es una prueba de voluntad considerable el negarme a probar alguno de mis platos favoritos.
Pues bién, aunque sea público que lo hago por salud que no por estética, pues el colesterol es muy traicionero, siempre tendré a alguien que me haga la puñeta insistiendo en que me salte mi dieta baja en grasas, porque “por una vez en la vida no pasa nada” o contándome lo feliz que es con sus arrobas sobrantes que le dan alegría y buen humor a raudales.

El humo del tabaco

Lo del tabaco lo llevo mejor. Afortunadamente ya no estamos en aquella época en la que si rechazabas un cigarro eras un desagradecido y que un purito era cosa de hombres, pero aún así no se preocupen que alguno habrá que les cuente como su abuelo vivió 90 años hecho un roble fumando desde los 20 o que fuman porque les gusta y no piensan dejarlo, aunque el estado los desangre con su afán recaudatorio llenándolos de impuestos por un artículo tan de primera necesidad.

La velocidad

Lo de los 110 es de traca, pues decir que te multan al sobrepasar el límite de velocidad por afán recaudatorio me parece un hilarante despropósito, propio más bien de quién en realidad parece tener un gran afán contributivo.

Y se preguntarán, ¿Qué tiene esto que ver con la Prevención de Riesgos Laborales?

La PRL

Somos personas y como tales trasladamos a todas las facetas de nuestra vida aquello que hemos aprendido o que nos ha sido enseñado, estamos constantemente expuestos e incluso sometidos a las presiones sociales, a nuestro entorno, a lo que siempre se ha hecho así sin saberse el por qué.

Pero sobre todo existe un elemento distorsionador de la realidad, un agente realmente tóxico que está presente a todos los niveles y que no siempre somos capaces de distinguir o en su caso anular, me refiero al que yo llamo “mentor del desastre”.

El mentor del desastre se caracteriza por estar expuesto a cualquiera de las circunstancias negativas enunciadas anteriormente, generalmente sin saber por qué o sin saber como salir de ellas y que solo encuentra consuelo en socializar su frustración.

Por ejemplo, el que más vehementemente va a defender las bondades de tomarse unas cervecitas con los colegas probablemente tenga un problema con el alcohol, mientras que nadie va a insistir más en que comes demasiado poco que alguien con problemas de obesidad, que por supuesto no dudará en explicarte que su metabolismo es “lento”.

Todos ellos buscan socializar su problema como fórmula de auto consuelo, como justificación de su propia situación y lo peor es que esta conducta puede extrapolarse al mundo de la prevención.

El que más incita a incumplir, el que más problemas encuentra en los EPI’s, el que siempre tiene algo que objetar es en general el que menos concienciado está o el que más exposición a situaciones de inseguridad ha estado sometido en su vida profesional, hasta el punto que solo encuentra justificación a su propia situación en la generalización de la misma en la persona de sus compañeros, subordinados, etc., actuando como un mentor del desastre que hay que detectar de inmediato para neutralizar su influencia y para reconducirlo a mejores actitudes.

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